sábado, 11 de diciembre de 2010
Encontrarse con uno mismo
Aquí pasan cosas que, a mis ojos, son como pequeños regalos del destino. Volviendo un día de nuestra estimada escuela de alemán Victor observó en el camino lo que parecía ser la huella de una pisada absolutamente congelada (nada nuevo para los residentes en Berlin supongo), para mi algo de lo más curioso. Al acercarme pude ver un "noseque" familiar en su forma, esos rombos estriados tenían algo que definitivamente no era desconocido para mi. La increíble sorpresa fue saber, de repente, que esa era mi propia huella, probablemente una que llevaría allí un par de días abandonada a su cruel destino. Lo comprové y viendo que encajaba perfectamente en mis botas supe que aquello era un momento único.
No todos los días uno se encuentra con su propio rastro de una manera tan explícita. De algún modo acababa de encontrar un fosil de mi propia presencia en las gélidas calles de Kreuzberg.
Lo llevé a casa, lo fotografié y lo guardé en el congelador, como habría hecho cualquier arqueólogo con su gran hallazgo. Días mas tarde pensé que jamás podría consevar algo que por defeco es efímero, así que lo deje en el fregadero deshaciéndose lentamente, sabiendo que yo sería el último testigo de mis paseos por Berlin.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
